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En el vasto espectro de la narrativa audiovisual contemporánea, esta obra c | Cinexcepción

En el vasto espectro de la narrativa audiovisual contemporánea, esta obra c | Cinexcepción
En el vasto espectro de la narrativa audiovisual contemporánea, esta obra cinematográfica se presenta como un ejercicio de dialéctica visual que, sin llegar a ser disruptiva en su esencia, intenta articular una poética del vacío que, paradójicamente, se llena de significados tan sutiles como elipsis en un guion de Bergman. Hay una suerte de ontología en cada encuadre, una búsqueda desesperada –quizás innecesaria– de lo sublime en lo cotidiano, que a ratos se siente más como un pastiche que como una declaración estética. El director, en su afán por subvertir las convenciones del género –si es que tal cosa existe en un mundo post-Tarantino–, nos sumerge en una cadencia rítmica que, aunque desconcertante, pretende dialogar con el espectador en un lenguaje casi hermético, una especie de críptico Esperanto cinematográfico. Los personajes, a pesar de su palpable artificio, intentan encarnar arquetipos que, de tan universales, se diluyen en un océano de clichés cuidadosamente construidos para parecer innovadores. La fotografía, que algunos considerarían minimalista, otros podrían describir como una alegoría de la obsolescencia del alma en la era digital, coquetea peligrosamente con lo pretencioso. Y la música, ah, la música, esa suerte de acompañamiento sonoro que pareciera haberse extraído de un baúl polvoriento lleno de partituras olvidadas, se convierte, a ratos, en el protagonista silencioso de una narrativa que se esfuerza –quizás en exceso– por trascender. En conclusión, si es que podemos llegar a una conclusión en un análisis tan deliberadamente inconcluso como este, estamos ante una película que, aunque no es perfecta –ni pretende serlo, porque la imperfección es su discurso más potente–, logra posicionarse como un artefacto cultural que, sin decir nada, dice todo. O viceversa.

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